El concepto de terrorismo tiene dos acepciones de acuerdo con el Diccionario de sociología:
1. Técnica de las minorías que tratan de apoderarse del poder o de defender su autocracia, en la que la violencia y la amenaza de violencia, la represión, el secreto y el secuestro se emplean para quebrantar a sus adversarios activos, acallar el descontento e intimidar a la población en general. Instrumento de control tiránico.
2. Delito contra la seguridad pública consistente en la comisión de actos de violencia calificados por el medio empleado (utilización de explosivos, sustancias incendiarias o armas que normalmente sean susceptibles de causar considerables daños en la vida o en la integridad de las personas, o de cualquier otro medio a propósito para producir graves daños en los servicios públicos) con el propósito de perturbar el orden público, atemorizar a la sociedad o a determinados grupos sociales o de realizar o de realizar venganzas o represalias para lograr la desintegración de la estructura social o política.
Ahora, con la capacidad de discernir qué y en qué circunstancias puede ser considerado un hecho como un acto terrorista, puedo ensayar algunas reflexiones acerca de las ideas que compartió
Javier Quiñones respecto a lo acontecido, la noche del 15 de septiembre pasado, en la capital michoacana.
Retomando la hipótesis central(1), compuesta a su vez por dos suposiciones más, comienzo el ejercicio intelectual por la primera de éstas: que el crimen organizado, en su rama especializada en el trasiego de narcóticos, posee la autoría de lo ocurrido en aquella ciudad. En respuesta a la ofensiva federal, en su lucha por detener a las organizaciones criminales y garantizar la seguridad pública, en un momento en que el problema se comienza a tornar de carácter nacional.
En un sentido, se podría implicar que para formular una conjetura de esa naturaleza se tendría que legitimar, es decir, se tendría que estar de acuerdo con la política de seguridad pública federal, en materia de combate al narcotráfico(2), y considerar como positivos los resultados que se han venido obteniendo.
En ese sentido, yo no estaría tan seguro de que el recrudecimiento de la violencia signifique que las fuerzas públicas federales (asistidas por las Fuerzas Armadas, o viceversa) vayan cosechando victorias. Esto equivaldría a decir, tratando de legitimar la invasión a Irak por parte de Estados Unidos, que los programas bélicos de esa nación son un éxito en función del número creciente de soldados gringos que mueren prestando un servicio a su nación.
Aún más, entre los factores que determinan la victoria de cualquiera de los bandos enfrentados es la reducción, física o no, de su campo de acción e influencia. Para el caso específico de la narcoviolencia, pareciera que entre más se “inclina” la balanza, en favor de Calderón y sus amigos de verde, los cárteles amplían aun más su campo de acción e influencia. Un problema que hasta hace algún tiempo parecía exclusivo del norte del país, ha cobrado presencia en ya muchos estados del país, incluida la ciudad capital.
En buena medida lo único que ha conseguido el Presidente, es atizar la violencia tan característica de la vida al interior del narcotráfico. Provocando una lucha más cruenta, en la que el crimen organizado parece llevar la ventaja tanto en cuestiones geoestratégicas, como teconológicamente. Una lucha en la que buscando demostrar superioridad, la sociedad es quien experimenta las consecuencias, ya sea como en el caso de las granadas detonadas en Morelia, o tras la pérdida paulatina de libertades civiles como consecuencia de la militarización del país. Una especie de juego al estilo “el que se lleva se aguanta” en donde la fuerzas públicas no cuentan con una posición ventajosa.
Resulta de (sin)sentido común considerar que el número ascendente, y en lugares cada vez más divesos, de ejecuciones, secuestros, etc., sean el resultado del debilitamiento de las mafias mexicanas, y que, por lo tanto, se traduzca en una victoria para Calderón y sus amigos de verde.
Ahora, la segunda suposición: que grupos identificados de extrema izquierda, principalmente guerrilleros, podrían reivindicarse la autoria de las explosiones ocurridas en plaza principal de Morelia.
De acuerdo con una de las acepciones de Terrorismo, se considera un evento de esa naturaleza cuando el grupo perpetrador busca tomar el poder legalmente establecido. Unas primeras observaciones dan cuenta de que resulta difícilmente posible que se trate de éste tipo de terrorismo en tanto la elección del objetivo. El Zócalo capitalino durante la ceremonia conmemorativa de la independencia nacional, se antoja un objetivo más atractivo, en términos de la inestabilidad que generaróa, para un grupo armado subversivo.
Morelia como objetivo del atentado, busca transmitir un mensaje directamente al Presidente, sin intermediarios. Violentar el orden público en la ciudad natal del jefe del Ejecutivo, implica una amenaza a su intimidad, cuyo objetivo seguramente es disuadirlo de continuar con su batalla, más no derrocarlo. Los símbolos juegan un papel muy importante en el ejercicio del poder.
Finalmente, de aquí se desprende la pregunta más importante: ¿puede hablarse de un atentado terrorista?
Definir como terrorismo lo acontecido en Morelia, Michocán, sería cortar el evento y pegarlo sobre un interminable fondo blanco donde, como hecho aislado se presta para cualquier interpretación aventurada. Al abordar el fenómeno se tiene que tener en cuenta el contexto y su desarrollo en función de poder entender qué fue lo produjo las condiciones para que dicho suceso tuviera lugar.
En este caso particular se trataría de una manifestación violentísima del poder que tienen los cárteles mexicanos para demostrar superioridad frente al adversario, incluso teniendo que dejar a un lado la precisión quirúrgica característica de los sicarios del narcotráfico. Sin embargo, el mensaje tenía dirección y una parte del remitente, no fue casual y sólo marca el fracaso de una estrategia de seguridad pública condenada de origen.
La frontera entre lo terrorista y lo no terrorista es muy tenue y frágil. Las detonaciones en Morelia, no buscaban derrocar al Presidente, tampoco producir un pánico generalizado a nivel nacional. Insisto el Zócalo de la Ciudad de México resulta un mejor objetivo para alcanzar cualquiera de las dos metas. La elección de Morelia no fue producto del azar y mucho menos un punto débil que pusiera en riesgo la permanencia del Estado mexicano. Otra es la que buscan alcanzar.
Es una tragedia lo que ha sucedido, de eso no cabe duda. Pero las malas decisiones acarrean malos resultados. Calderón y su equipo deben asumir la responsabilidad y diseñar estrategias con nuevos enfoques que permitan un verdadero progreso.
N O T A S
(1) “Acaso comprenderemos mejor, en adelante, la tragedia que significó para latinoamérica toda la adopción acrítica de un marxismo súper anacrónico como paradigma académico en la educación pública, y notablemente de las universidades.
• La esencia original del terrorismo: todas las personas somos los que al azar eligen los asesinos ‘con causa’.
• Y es que el terror no es igual que la bomba que por error arroja tal o cuál ejército, durante una guerra declarada, sobre un hospital infantil o la vivienda de una familia inocente. No, no es lo mismo. El target directo del terror son precisamente los inocentes -y precisamente por serlo nos halla desprevenidos e inermes.
• El terrorista no es lo mismo que el asesino que mata por honor, hambre o desesperación. Se halla en otro plano. Su indiferencia por la vida ajena es morbosa. Ello es así pòrque actúa con la convicción absoluta de hacer el Bien. La Fe religiosa y la Teoría, suelen imbuir al terrorista de ese desapego radical con la realidad simple de la vida.
• Fue ‘la izquierda’. Esta corriente ideológica se halla aún muy imbuida del revolucionarismo, una táctica violenta loada por los santones del estrato político universitario.
• Téngase presente que en el cacicazgo de los Cárdenas gobierna Leonel Godoy, uno de los desertores del pejismo.”
(2) Marco bajo el cual el Presidente realizó una de sus más célebres declaraciones en la que atribuía el recrudecimiento de la violencia vinculada con el crimen organizado, a los avances positivos que su lucha contra el narcotráfico ha conseguido. Incluso durante la periodo de introducción del programa a través de cual aplicaría su política de seguridad pública, el Presidente advirtió que algunas vidas se perderían durante el combate al narcotráfico.